
Quien ama a El Creador no juzga a las personas por su apariencia, le gusta esperar y observar pacientemente tratando de descubrir que hay detrás de una mirada triste, una palabra o unos ojos que no dicen nada.
Es aquel que no se envilece ante una mala respuesta sinó que espera pacientemente tratando de comprender y que sin ser mojigato estima y respeta de manera natural a las personas.
Mantiene una actitud asertiva, no agresiva ni pasiva… Quien ama a El Creador se ama a si mismo y reconoce en los demás una chispa divina. Aunque esté oculta detrás de los hábitos y huellas de dolor, allí está presente, como queriendo emerger la divinidad que hay en cada Ser humano.